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Xesús Corredoyra e o simbolismo na pintura galega

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Xesús Corredoyra e o simbolismo na pintura galega
Xesús Corredoyra e o simbolismo na pintura galega

Centro Cultural Afundación

Rúa do Vilar, 19 29600 - Santiago de Compostela

Teléfono: 981 552 577
Web oficial
del 15 de Febrero al 14 de Mayo de 2017
Gratuito
Horario: Todos los días, domingos y festivos incluidos, de 12.00 a 14.00 y de 17.00 a 21.00 h

«Xesús Corredoyra e o simbolismo na pintura galega» llega ahora a la Sede Afundación de Santiago de Compostela. Articulada con obras de las colecciones de arte de Afundación y ABANCA y de otros préstamos particulares y de museos, presenta 29 cuadros del artista lucense, discípulo de Sorolla y Zuloaga, que se ha convertido en uno de nuestros mayores artistas del siglo XX. Ven a visitarla a nuestro edificio del 15 de febrero al 14 de mayo de 2017.

La obra de Xesús Corredoyra (Lugo, 1887 - Santiago de Compostela, 1939) nos revela una pintura muy literaria que evoca a Valle-Inclán y al Greco, lo que le acerca a pintores españoles como Julio Romero de Torres o Ignacio Zuloaga, siendo el manierismo, el barroco y el primitivismo, referentes explícitos, plasmados por medio de una paleta intencionadamente reducida, trabajada con gran armonía, que suele reflejar estados anímicos de inquietud, seres atormentados o llenos de misticismo.

Su concepción estética responde a una extensión globalizadora de la poética simbolista propia de su tiempo, a comienzos del siglo XX, en el arte peninsular y en toda Europa. El credo positivista, representado por el realismo y el primer impresionismo, fue asimilado a lo que en teoría sería su opuesto, pasando a ocupar una posición hegemónica en todos los ámbitos de la creación.

La huella simbolista es evidente en Galicia en artistas de distintas generaciones y estilos como Fernando Álvarez de Sotomayor, Castelao, Manuel Abelenda, Juan Luis López o Carlos Sobrino. En general, en la pintura gallega de esta altura no es raro que aparezca una visión requintada, decorativa, que encuadra los temas literarios y populares en una retórica teatral. De todos modos, esta primera generación del siglo XX, fluctuante entre el regionalismo, el modernismo y el simbolismo, dará los primeros pasos en la búsqueda de una arte nacional, buscando ese «sentimiento de la tierra». La obra de Xesús Corredoyra se insiere plenamente en el universo simbolista, pero no lo hace de un modo puramente mimético a respecto de las orientaciones generales de este movimiento. Comparte con esta corriente estética la concepción de una pintura que se orienta hacia la recomposición del plano espiritual, con una influencia literaria muy marcada, que en su caso podría ponerse en diálogo con la obra de Emilia Pardo Bazán, en especial en su novela La Quimera, y con Valle-Inclán.

El retrato, que desarrolla desde los años 10, está inspirado en modelos como los de Ignacio Zuloaga con la figura en primer plano, paisaje al fondo con cielos nublados, de tormenta o luz interior. Adoptan, pues, unos esquemas nítidamente simbolistas. El artista recrea la estética barroca y manierista, con dosis de primitivismo. Aunque no se distancia de los ejemplos compositivos más académicos (Sotomayor) o modernistas (Manuel Abelenda) contemporáneos, insiere en ellos unas mayores dosis de subjetividad.

Lo femenino es obsesión. Percibe a la mujer como un atractivo y al mismo tiempo como un peligro. Esta visión, fruto de las cambios de los roles masculino-femenino desde finales del XIX, tiene en nuestro pintor una plasmación que huye de la mujer seductora y pecaminosa para generar la idealización mística del femenino.

El lucense opta por concebir el cuadro como la concreción de un lenguaje de símbolos, en el que lo intuitivo y emocional tienen una enorme relevancia. Los temas son tratados como mensajes cifrados –en su caso insiriendo a menudo textos, muchos religiosos– que nos llevan a intensos sentimientos. Él tira de fuentes cristianas ortodoxas, que subrayan sus fuertes raíces conservadoras y católicas.

Su relación con la pintura de El Greco es muy evidente y nunca fue desmentida por nuestro pintor. El tipo de figuras de estilizado manierismo y los tonos oscuros remiten a una lectura misticista, como la que en esta altura dominaba a respecto del Greco.

El paisaje, claramente estilizado, se convierte en instrumento para expresar un sentido da relación de su subjetividad con el mundo externo, como producto de un estado de ánimo interior que se proyecta sobre una realidad tangible. Un estado de ánimo interior siempre presente en las mejores obras de nuestro pintor.
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