Por una u otra razón no había visto ni un capítulo de Frágiles, y sólo tenía una vaga idea de la serie que Telecinco
emite los jueves, y por lo que parece con ración doble. O sea, que si te descuidas te llega la hora del tarot y te pierdes a Sandro Rey, imperdonable si estás despierto y quieres irte a la cama con la agradable sensación de que hay gente que se busca la vida mucho peor que tú.
A lo que vamos. Vi los últimos capítulos emitidos. Y no sé qué decir. Lo primero fue preguntarme qué hacía un producto así en basurero tan desmedido. Extraña que se cuenten historias de gente con sentimientos que parecen verosímiles, donde nadie grita, con situaciones que se acercan a la vida real –paso de ver si el fisioterapeuta
protagonista, Santi Millán, tiene relación con uno de verdad–, y con actores y actrices que dan vida a personajes angustiados y frágiles.
Lo segundo fue comprobar que lo que veía no sólo no me molestaba sino que me iba interesando. Una trama central, con personajes cimiento, y tramas afluente resueltas en el capítulo, arman la estructura, que gira en torno al bien hacer del fisioterapeuta. ¿Qué pasa con Santi Millán? Puesss, que estando bien, no me lo creo, o no me lo creo del todo. Borda su papel Ruth Núñez, que sufre de falta de empatía, que nadie la puede tocar, que es directa, que habla raro, que tiene asperger, esa extraña enfermedad. Borda el suyo Luisa Martín, y casi el suyo Norma Ruiz. Es decir, Frágiles es una buena serie, con una banda sonora muy presente pero no molesta, que realza situaciones y ayuda con eficacia a crear determinados ambientes. ¿Entonces? Que Frágiles se puede ver venciendo los prejuicios, olvidando que estás en una cadena tan bruta, tan zafia





