Fin de semana

Gijón, puerta de África

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Culleredo - A Coruña

El Palacio de Revillagigedo acoge una muestra de arte africano

Hace 110 años, el descubrimiento de la cultura africana causaba sensación en Europa. La expresión es deliberadamente anacrónica, muy de aquel tiempo: intenta desempolvar la reacción a la vez entusiasta y epidérmica con la que el público europeo recibió la aportación del continente africano a la Exposición Universal de París de 1900, abigarrado escaparate de un mundo en pleno auge imperialista que trasladaba a las metrópolis las formas más superficiales de las culturas colonizadas. Un siglo y una década después, y de nuevo con el arte como lengua franca, Gijón aspira convertirse en un territorio de encuentro entre África y Europa a través de una exposición sin precedentes en el Palacio de Revillagigedo, acompañadas de un amplio programa de actividades.

En aquel deslumbramiento de principios de siglo pasado hubo algo más. Aunque el punto de vista era el de la superioridad, el pintoresquismo exótico y, en el mejor de los casos, el paternalismo, África consiguió hablar a las sensibilidades más receptivas de aquel tiempo a través del lenguaje del arte. La fuerza y la belleza de las máscaras, las tallas o los tejidos africanos catalizaron un cambio profundo en la cultura occidental a través de la pintura, como lo dejaron claro los «fauves» del Salón de 1905 y, sobre todo, los partidarios de la revolución cubista que Picasso encabezaría dos años más tarde con las muy africanizadas prostitutas de «Les demoiselles d'Avignon».

Gijón quiere ahora tender puentes entre continentes pero, muy particularmente, entre África y España. El Palacio de Revillagigedo prepara una gran muestra que ocupará hasta el 19 de diciembre sus salas con una selección de arte africano extraordinaria en todos los sentidos: por su calidad, su amplitud simbólica, su extensión geográfica y cronológica y su ambición. Se busca, como en 1900, una conmoción. Pero -como lo evidencia ya el título de la exposición: «África: objetos y sujetos»- la óptica es radicalmente distinta, lejos de la dialéctica entre metrópolis y colonias que se evidenciaba entonces y lejos también del «pillaje cultural» que críticos como Robert Hughes han achacado a la apropiación del arte africano por Picasso o Braque. Ahora se trata de entenderse en profundidad, de igual a igual y sin juicios previos: partiendo de la admisión de una mutua ignorancia y de la certeza de que «es absolutamente necesario entenderse y poner las bases para un mestizaje cultural del que nunca ha salido ni saldrá nada malo».

Con esa vehemencia lo subraya Juan Luis Rodríguez-Vigil, ex presidente autonómico, vocal del Consejo Consultivo del Principado de Asturias y promotor de la exposición que la Obra Social y Cultural de Cajastur está produciendo como acontecimiento estelar del verano cultural asturiano, y que viajará con posterioridad a Madrid. El abogado y colaborador de LA NUEVA ESPAÑA, apasionado de África y buen conocedor de su compleja realidad actual, parte de un hecho que considera «irreversible»: «El mundo africano se ha "colado" en España, forma parte de la sociedad española y está aquí para quedarse. Pero, a pesar de eso, en particular en comunidades tan cerradas como Asturias, desconocemos su cultura por completo y tampoco sabemos con certeza hasta qué punto ellos saben de nosotros, aunque hayan tenido que adaptarse a las reglas elementales de nuestra sociedad», diagnostica Rodríguez-Vigil, que encuentra «desolador» un «desconocimiento que se plantea incluso en el plano institucional» y que acarrea, en primera instancia, «minusvaloración social» y el riesgo de estereotipos racistas o xenófobos.

Pero no sólo hay un interés social o limitado al territorio español. El ex presidente asturiano advierte también que África es un continente de oportunidades económicas frente al cual hay que tomar posiciones, pero en el que España desempeña un papel «reducido y marginal» por la ausencia de un pasado colonial de envergadura, fuera de Guinea Ecuatorial y el antiguo Sahara español. Esa ausencia contrasta llamativamente con una presencia cada vez mayor, pero también «mal enfocada, muchas veces por desconocimiento de lo que es África»: la de la cooperación institucional y privada española que, para Rodríguez-Vigil, «al final acaba siempre, guste o no, definiéndose en términos de caridad, o casi».

El arte puede ser la primera línea para inscribir en la «tabula rasa» del entendimiento entre España y África. Y también el agua limpia que lave el ojo de adherencias estereotipadas y simplistas. «Para el ciudadano medio español, el africano es ante todo una fotografía», señala Rodríguez-Vigil; una imagen plana, en blanco y negro y sin contexto que «no va más allá del desastre, los misioneros, las ONG, los niños con las barrigas hinchadas y las guerras» frente a la «riqueza, la complejidad y la variedad» de las culturas, a veces milenarias, de un continente entero. Una cosa y la otra se pueden intentar «a partir de la fuerza plástica, unas formas que poseen una extraordinaria capacidad de abstracción, expresividad, y que pueden explicar ese rico mundo cultural a los españoles».

«Más allá de la función religiosa o representativa con que solemos asociar el arte africano, es también, como todo arte, un importantísimo vehículo de conocimiento. El deslumbramiento de Picasso, Vlaminck o Modigliani por el arte africano no fue casual. Su valor plástico tiene la misma riqueza y complejidad que nuestro arte, aunque es verdad que hoy está en fase terminal a causa de su vulgarización para los turistas, del abandono de las tradiciones en un mundo en transición hacia las ciudades y de la influencia, cada vez mayor, del Islam de raíz saudita, que aborrece la expresión plástica», argumenta Rodríguez-Vigil.

evas líneas a una comunicación que se pretende estable y duradera y generen lo que «un hinterland español», cultural y económico, con el mundo africano más allá del deslumbramiento y la conmoción del arte.

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