Rutas y excursiones

Benavente, Zamora

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A Coruña - A Coruña

Soto de San Pedro de la Viña

Al aproximamos desde Benavente, tras dejar atrás el santuario de la Virgen del Campo y el inmediato cruce de carreteras, nos introducimos en los solares sobre los que se ubicó la ciudad romana de Petavonium. A la izquierda, aún dentro de las tierras de la vecina localidad de Rosinos, se extienden la ruinas de los campamentos de la Legión X Gémina y del Ala II Flavia, Unidades militares cuyos asentamientos aquí dieron origen a la urbe señalada. A la otra mano, sobre el cerro inmediato, existió un castro indígena, que fue el núcleo poblacional más primitivo.

Dejando para otros momentos tan interesantes espacios, en esta ocasión enfilamos directamente hacia el núcleo urbano de San Pedro. Lo vemos apaciblemente tendido en la llanura. Pero de su común horizontalidad, de entre medio de sus casas, emerge un insólito promontorio sobre el que se ubica su iglesia. Con él la silueta de la localidad adquiere un pintoresquismo sorprendente y un singular encanto. Dejamos atrás unas extensas viñas. Son plantaciones relativamente nuevas, que recuperan la dedicación vinatera del pasado, tan importante que hasta dio nombre al pueblo. Presentes ya entre las casas, junto a la travesía se hallan las grandes naves de dos fábricas de embutidos. En ellas se elaboran productos derivados del cerdo que aúnan las formas y sabores tradicionales con una excelente calidad.

Motivados por aquella estampa que de lejos contemplamos, después de atravesar por las principales calles locales acudimos presurosos hasta la iglesia. Ese templo, desde cerca, vuelve a pasmarnos por su emplazamiento. Allá arriba sólo hay lugar para el edificio religioso y un breve pasadizo alrededor, áreas posiblemente acondicionadas con laboriosa explanación. El cerro, en sus entrañas, está formado por cuchillones rocosos que asoman desnudos desde el lateral del mediodía. Emergen por allí estratos muy oblicuos, descarnados y minerales, con bordes irregulares y cortantes. Sobre ellos, prolongando hacia lo alto el ímpetu natural de las peñas, se elevan las paredes de la iglesia, construidas con una austera mampostería. Sobrepasando con mucho la verticalidad de lo demás, desde la fachada del hastial emerge impetuoso el campanario. Es una esbelta espadaña que evoca la figura de una flecha bien aguzada dispuesta a ser lanzada hacia el infinito. Si tenemos la oportunidad de penetrar en el interior de recinto sacro, advertiremos con claridad que sus orígenes son muy antiguos. La capilla mayor posee planta rectangular y está cubierta por una sólida bóveda de cañón. La irregularidad de los materiales pétreos con los que, también esta parte, fue creada se consigue suavizar con gruesas capas de enfoscados, adheridas unas sobre otras. Se aprecian, o apreciaban, despieces falsos de sillares dibujados con rayas blancas y ocres. Las formas generales denotan pautas de estilo románico, con una hechura, probable, del siglo XII. Su absoluta aridez ornamental se debe a la carencia de piedra apta para la talla. En un intento por compensar tanto ascetismo, en época renacentista colocaron un valioso retablo mayor. Es una obra muy noble, mixta de pintura y escultura, en la que se perciben los ecos de la magnífica labor de Gaspar Becerra, el maestro del grandioso retablo de la catedral de Astorga. Alguno de sus discípulos fue el autor de los relieves e imágenes que aquí vemos. Resultan bien hermosas las composiciones escultóricas que ocupan la zona baja. Aparte, de entre las figuras de bulto entero del cuerpo principal, impacta la de un santo de gesto iracundo y luenga barba. La calidad general de la talla se realzada con una matizada policromía y dorados minuciosamente bruñidos. Más elementales resultan las escenas pictóricas, creadas sobre tabla. Atendiendo ahora a otros detalles, hallamos retablos barrocos de complejo ornato presidiendo capillas anejas. En un rincón, la pila bautismal es una gran copa pétrea, dotada de gallones helicoidales y una especie de cartela o blasón liso. Se apoya sobre un complejo pie, de sección poligonal. Por sus formas toda la pieza debe de ser trabajo del último gótico.

De nuevo en el exterior, antes de descender y alejarnos, hemos de escudriñar el amplio paisaje que desde allí se divisa. Por el norte se tiende una potente alineación de cerros. De entre ellos destacan El Castro, ya citado, Piñotrera y Peña Blanca. Este último risco ya no es tan evidente, pues de él se extrajeron grandes cantidades de cuarcita, tan límpida que parecía nieve. Un mito señala que debajo de Piñotrera, o Peña Utrera quedan cien carros de oro y otros tantos de moneda. Tal afirmación la propagó una mora que aquí habitaba y que hubo de marcharse tras la Reconquista. Otra poética leyenda especula que la Sagrada Familia, cuando huía camino de Egipto atravesó por el collado del camino viejo de Fuente Encalada. Como recuerdo de su paso, en las duras peñas de la cumbre perduran las marcas de la cuna del Niño Jesús, la patada de la mula, la pisada de la Virgen, la huella del bastón de San José, la pata de la gallina, la cama del gallo… Esos dos últimos animales los llevaban para poder alimentar al divino infante con huevos frescos. Son todo señales naturales en la roca que sólo una fuerte imaginación ha ligado con el conocido relato evangélico.

Reposando ahora la vista sobre el llano, por esos pagos que se abren al pie de los cerros se extendió la citada urbe romana de Petavonium, conocida vulgarmente como Sansueña o La Ciudad. Al aire sólo aparecen de ella los múltiples fragmentos de cerámica que salen tras el paso de los arados. Nos dicen que hace unos cincuenta años, al allanar una de las parcelas desenterraron una larga cañería que traía el agua desde la lejana fuente de La Mira, en Ayoó. A su vez, afirman que junto a un manantial, por debajo del Castro, había una gran piedra que mostraba la inscripción de “Dame la vuelta y verás”. Unos mozos valentones, consiguieron girarla. Debajo tenía otro letrero que decía “Ahora que me la diste, viste. Dios te pague lo que has trabajado, ya que estaba cansada de estar de ese lado”.

Si dirigimos ahora las miradas hacia el mediodía, divisaremos los parajes por donde vamos a realizar el trayecto que hasta aquí nos trajo. Ante su atractivo bajamos presurosos. Mas, antes de iniciar el paseo conviene acudir hasta la cercana Fuente Vieja. Su manantial está techado con una recia bóveda, al parecer de hechura romana. Por fin salimos del casco urbano por el oeste, a través de la llamada calle Corona. A mano izquierda, a poco de dejar atrás las últimas casas, topamos con la extensa balsa de La Poza de Arriba. Se forma con un largo dique con el que se retuvieron los caudales precisos para el riego de diversas parcelas. Perdido su uso, en su semivacía cuenca crecen ahora los cañaverales, los cuales ocultan la brillante superficie lagunar de antaño. Torcemos hacia la izquierda en la primera encrucijada que nos sale al paso. A la vista, bien cerca, queda la iglesia del inmediato pueblo de Carracedo, un tanto separada del grupo de viviendas a las que sirve. Continuamos por una transitada pista que salva el arroyo de La Almucera por el paso relativamente moderno, designado como La Puente. Lo forman tres arcos, para los que, junto a la piedra, ya se utilizó hormigón. Tras seguir de frente en el siguiente cruce, alcanzamos el paraje donde se hallaban los corrales en los que se  recogían los rebaños locales. De ellos quedan unas pocas ruinas. Algo más adelante se desata una algarabía de ladridos. Los producen los numerosos perros que se crían en una cercana nave. Por los alrededores se extienden los solares vacíos del desolado de La Huerga. Existió allí una antigua aldea que debió de quedar yerma como consecuencia de alguna peste. De nuevo, una fabulación trata de explicar ese abandono. Señala que sus moradores fallecieron al beber las aguas de la fuente, emponzoñadas con el mítico huevo de un gallo, que alguien arrojó a su manantial. Todavía identifican el lugar que ocupó su iglesia. Existía allá un pozo caudaloso, ahora semicegado. A él acudían a lavar las mujeres de San Pedro, pero también llegaban las del vecino Carracedo, que eran más madrugadoras. Al copar estas últimas los mejores sitios, surgieron agrias disputas, acusándolas de intrusas. De ese hontanar y de otros contiguos surgen las aguas que fecundan el Soto, bosque inmediato, formado por alisos, llamados humeros por aquí. Junto a ellos prosperan también los sauces y las mimbreras. Complicado es ahora atravesar por la espesura. El encharcamiento de los suelos y un denso y alto herbazal obstaculizan el paso. Por allí debe de quedar el Pozo del Pendón, al cual se caían las vacas y era preciso la ayuda de varias personas para conseguir rescatarlas.

Camino adelante, torcemos a la izquierda en el siguiente empalme y tras pasar junto a granjas e invernaderos volvemos a virar hacia esa misma mano. Accedemos así a la pista asfaltada que viene de Santibáñez. A poco de caminar por ella, hallamos a su orilla dos edificios ruinosos conocidos como El Conventico. En ellos estuvo establecida antaño una fundación religiosa, protegida por los Condes de Benavente. Dos sacerdotes eran los encargados de su custodia. La  sólida casa, que aún muestra cierta nobleza, fue la residencia. Los cultos se realizaban en una ermita próxima, semiengullida por la hiedra y la maleza. Todo muestra trazas de haberse construido a finales del siglo XIX o principios del XX. Pero analizando los muros de la capilla vemos un arco tapiado de formas barrocas y, cerca, un sepulcro monolítico volcado. Son testimonios de un lejano pasado. Se sabe que aquí estuvo establecido un cenobio, casi ignoto, denominado San Salvador de Villaverde, donado por Alfonso VI a Sahagún en el año 1100.

Por el medio de parcelas fértiles, en las que prosperan algunos frutales, regresamos hasta el pueblo. Una vez más la iglesia viene a ser el señuelo que nos atrae. A trechos su figura queda velada por la fronda de los chopos que prosperan en entre las fincas y junto a las márgenes del arroyo de La Almucera, que de nuevo habremos de cruzar.

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